Si soy sincera, desde pequeña quería ser de todo: estilista, mecánica, lavadora de carros y en mis tiempos libres doctora, pero no precisamente maestra. Crecí con muchas referencias, pero a pesar de todo con muchas dudas, no sabía para qué podría ser buena o qué me podría hacer feliz.
En la preparatoria me di cuenta, gracias a una maestra es específico, lo satisfactorio que podía ser el dar clases, ella me impartió la asignatura de Taller de lectura y redacción, cosa que me encantaba, porque desde pequeña me ha gustado leer y ahí me di cuenta de que la lectura y le redacción era un camino que podía tomar, aún más, compartir lo que leía, diferentes puntos de vista e historias con enseñanza, podían ser mi tarea diaria; para este momento me veía más enfocada a la docencia en niveles superiores, tales como preparatoria o universidad.
Sin embargo, me encuentro frente a la realidad de que estudiar letras no es algo bien recibido en el mundo de los adultos, quienes solo piensan en los ingresos que tendrás, así, me vi convenciéndome de que la lectura y la escritura es algo que podría hacer en mi tiempos libres, como un "Hobie" y más aún me convencí de que la medicina pudo haber sido mi camino desde el principio, y con esto no digo que era totalmente mentira, de una u otra forma sabía que podía hacerlo y recibir cierta satisfacción, pero una vez me encaminé a esa decisión me di cuenta de que no era algo que yo quisiera, que no lo haría.
Para inicios de 2022, me di cuenta de que no tenía nada, sólo muchos caminos frente a mí y nada de certeza a cerca de lo que haría, solo dudas. Es entonces cuando recuerdo la primera idea, la de ayudar a los demás, la de compartir lo que sé, la de ser maestra, y hubo un contacto en especial el que me hizo estar aquí. Yo pertenezco a un movimiento juvenil, el cual me ha dado la oportunidad de ver la realidad de adolescentes de toda la ciudad, y me hizo darme cuenta de que mi vida no había sido tan mala y sobre todo, me hacía pensar en lo que los demás adolescentes pudieron haber vivido si se les hubiera dado una oportunidad.
A mediados de año conocí a Emma, un chico con discapacidad intelectual, motriz y de lenguaje, que caminaba aún cuando todos los demás ya estábamos cansados, que sonreía aún cuando todos estábamos hartos y que hablaba aún cuando nadie quería hacerlo, pero sobre todo, que sabía que el alcoholismo de su mamá le había causado su condición y la perdonó. Pude ver el rechazo de los demás y aún así, escuchar decir a Emma que él era quien veía con prejuicios a los demás me hizo darme cuenta de que no importa cuantas etiquetas nos pongamos, no importa cuanto nos querremos clasificar, al final todos somos personas con sueños, con ganas de aprender, de movernos y de ser escuchados, de ser vistos, de ser validados.
Y por eso estoy aquí, tratando de descubrir una nueva parte de mí.

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